Odio a la gente que siempre se está quejando. Se quejan por el frío, por el calor, por la lluvia, por el viento, por el trabajo, por los exámenes, por el tráfico, porque están resfriados, porque les duele la cabeza, porque no han dormido bien, porque no les dio tiempo a tomarse el café… Por lo que sea, pero la cosa es quejarse, quejarse y quejarse constantemente.
Hace unos días presencié una escena que me indignó bastante. Sobre todo porque ya la he observado repetirse algunas veces.
En una calle sin salida, una pareja de policías nacionales le registraba el coche a un hombre marroquí. El hombre parecía bastante asustado y, según pude oír mientras pasaba caminando por su lado, se mostraba colaborador e insistía en enseñarles todo el coche para que viesen que no llevaba nada. Cuando les pasé y les dejé a mis espaldas, escuché cómo uno de los policías comenzaba a gritarle y darle órdenes en tono bastante amenazador y despectivo.
¿Era necesario dirigirse así a una persona que en ningún momento les ofreció resistencia y se mostraba presto a colaborar con ellos? ¿Tendría algo que ver el hecho de que fuese marroquí? ¿Se habrían dirigido del mismo modo a un hombre de nacionalidad española?
Odio que los agentes de la autoridad abusen de ella cuando tienen enfrente a alguien débil. Odio que muchos de ellos se muestren racistas, misóginos y fascistas. A veces hacen que me sienta más amenazada por ellos mismos que protegida.
Odio que el gilipollas que está detrás de mi esperando el semáforo me pite en el mismísimo instante en que se pone en verde.
Odio las nuevas latas de atún. Está muy bien eso de que ya no te cortes con la tapa ni con el filo de la lata, pero a cambio, ahora es mucho más difícil escurrir el aceite y, lo peor, ¡siempre queda atún en el reborde y es imposible sacarlo todo!